Este prólogo no lo escribe el capitán, sino su familia. Creemos que tiene mucho que contar y mucho que enseñar.
Él ha sido siempre un hombre de mar. Desde su época de estudiante, en la que a escondidas de sus padres, que creían que estudiaba para ingeniero naval, cuando en realidad hacía ingeniería financiera para cursar, a escondidas, la senda de la marina mercante, más prometedora en cuanto a rutas y aventuras. Fue tentado por La Armada, pero prefirió el camino sin marcas de las olas y el cantar de las sirenas lejanas. Como capitán de su vida nunca dejó que ninguna dificultad se cruzara en su rumbo, que sólo torció cuando en la balanza pesaban más las responsabilidades que asumía, grandes, enormes, como la fortaleza de su espíritu.
Nosotros, su tripulación en tierra, que sabemos cómo siempre ha logrado mantener su barco a flote, incluso en las situaciones más complicadas y difíciles, plantando cara a las dificultades y al desánimo, y gritando a las tormentas “¡aquí estoy!”, hasta que éstas, agotadas ceden y se alejan.
Nosotros, su tripulación en tierra, hemos aprendido de él el significado de responsabilidad, honestidad, sacrificio, ética, sinceridad, honradez, pulcritud, valor, sencillez, familia, cariño y, sobre todo, marido y padre, compañero y guía. Palabras que, en los tiempos que vivimos, diríanse arcaísmos. Su ejemplo ha sido, es y será para nosotros el faro al que recurrir en las noches cerradas de niebla y fantasmas, el calor en el espíritu que hace que nunca te sientas solo. ¡GRACIAS CAPITÁN! ¡Gracias papá!

